Familias gais. Nada mejor que un poco de realidad...


Desde que esta mañana temprano pasara por delante de casa un chico montado en un burro y tocando el flabiol, las niñas están emocionadas. Han saltado de la cama y han bajado las escaleras a toda velocidad, “papas, que ya empieza, que vienen los caballos”. Las fiestas de Sant Cristòfol son como el día de Navidad para Natalia, y ni que decir tiene para Àngela, que piensa que su hermana es lo mejor que hay en este mundo. Sorprendentemente bajaban vestidas y con la intención de salir a la calle, les hemos abierto la puerta para que los vieran, pero con la condición de que desayunaran primero. “¡Qué rollo, nosotras queremos tocar los caballos!”, Àngela repite lo mismo: “queremos tocar caballos”. Se han acabado la leche y los cereales en un tiempo récord y hemos salido para que pudieran acariciarlos. Àngela lo hace con miedo, en realidad es una niña algo tímida, pero si su hermana los acaricia ella no va a ser menos. Ayer mismo en el zoo, se puso una boa de dos metros en los hombros porque Natalia lo había hecho antes.

Recuerdo y olvido


Es difícil para las personas LGTBI tenérnoslas que ver con el recuerdo y el olvido de las experiencias opresivas que un día sufrimos, sobre todo en nuestro entorno más cercano, cuando sentíamos que no había otra forma de sobrevivir que comportarnos como heterosexuales. O también todo aquel rechazo del que fuimos objeto por parte de personas a las que queríamos, y a las que siempre habíamos estado dispuestos a apoyar, cuando les dijimos que éramos LGTBI. Pero es difícil hablar de todo esto generalizando, pensando que todas y todos hemos pasado por los mismos lugares, y que hay una única manera de sobrevivir al daño que la heteronormatividad nos ha infringido. Por eso esta reflexión, aunque creo que puede ser compartida por otras personas LGTBI, es ante todo una reflexión personal sobre la dicotomía entre recordar y olvidar, a la que he tenido que enfrentarme para poder vivir libremente como un hombre gay.


Caminos torcidos


“Jesús le dijo: Sígueme. Mateo se levantó y le siguió[1]

Recuerdo que cuando era pequeño algunas tardes mi madre iba a tomar café a casa de unos amigos y nos llevaba con ella a mis hermanos y a mí. La tarde por lo general se hacía interminable, escuchando sus conversaciones sobre Dios, y teniendo que merendar unas galletas que me parecían venenosas. Por eso, a menudo me levantaba con la excusa de ir al baño y tiraba las galletas por el váter. En el pasillo que separaba el comedor del baño había un cuadro donde se representaban dos caminos: uno amplio que recorría la mayoría de la gente con sonrisas y tranquilidad, pero que llevaba al infierno, y otro estrecho por el que caminaba con cuidado y esfuerzo muy poca gente hasta llegar al cielo. Al volver al comedor, y sabiendo que acababa de recorrer un tramo de ese “camino amplio”, ponía una cara sonriente y me volvía a sentar en la silla a la espera de que la visita terminara lo antes posible para poder ir a jugar con mis amigos.

El cuerpo de Jesús


“Mientras comían, Jesús tomó pan, lo bendijo, lo partió y les dio, diciendo: Tomad, esto es mi cuerpo” (Mc 14,22).

El cuerpo de Jesús es un elemento central de la experiencia cristiana. De hecho, según la tradición, fue partido por todos nosotros (1 Cor 11:24). Muchos cristianos LGTBI al hablar sobre su propio cuerpo, podrían repetir aquella famosa frase que acuñó el colectivo de mujeres francés Ma Colère: “Mi cuerpo es un campo de batalla”. Por eso me propongo hacer una lectura sobre los últimos días de la vida de Jesús, desde esa experiencia tan nuestra de cuerpos que todavía están expuestos a la voluntad de poderes religiosos y políticos, para ser sometidos, transformados o eliminados.

FEREDE acepta los matrimonios trans


Como dice mi amiga “la Silvi” estoy feliz como una perdiz, la Federación de Entidades Religiosas Evangélicas de España (FEREDE), acaba de dar un paso histórico para la inclusión de las personas trans en sus iglesias. De hecho, es tal la satisfacción que me ha producido, que incluso me estoy replanteando mis posiciones independentistas, porque me da miedo que una Federación de Entidades Religiosas Evangélicas de Cataluña no sea tan progresista. Además, me parece tan Bíblica su forma de actuar: ¿quién no es capaz de percibir la similitud del libro del Levítico con el Reglamento de FEREDE? Y aunque mi colega “el Tano” me diga que el Reglamento se debería parecer más a uno de los evangelios, no le hago ni caso. Ya sé que fue muy triste que su familia evangélica lo echara de casa cuando decidió vivir como hombre a pesar de haber nacido con vulva, pero ya le digo yo que el rencor no nos lleva a ningún sitio, que hay que mirar las cosas con positividad.