lunes, junio 12

Como un cristiano insensato


La carta a los Gálatas es conocida como la carta de la libertad cristiana, quizás porque eso es lo que está en juego en las comunidades a las que va dirigida. Carta completamente actual en un contexto como el nuestro, donde a veces se afirma la libertad cristiana para después ahogarla con innumerables condiciones. Los judeocristianos de las comunidades gálatas, mucho más cercanos a la teología tradicional de su tiempo que Pablo, defendían como él la libertad; sin embargo su libertad sólo podía ser vivida correctamente sometiéndose a la Ley.

Todo el mundo sabía que según lo acordado por los dirigentes de la Iglesia en Jerusalén, no se podía exigir a los nuevos cristianos que se circuncidasen, por eso los judeocristianos intentaban revalorizar la Ley para afirmar posteriormente que la circuncisión era la consumación de la fe cristiana. Revalorizar la ley es el primer paso para intentar defender una tradición, un punto de vista, o la cosmovisión que se supone incuestionable. Posteriormente habrá que hacer cábalas teológicas para explicar que la obligación de cumplir la ley no pone en entredicho la libertad cristiana, sino que la afirma. Todas estas disquisiciones se hacen siempre en un plano teórico, pero inevitablemente, tiene sus consecuencias negativas en la vida real de muchas personas.

La oración matutina del judaísmo decía: “Bendito Eres Tú, Oh D-os nuestro Señor, Rey del Universo, que no me hiciste pagano…que no me hiciste esclavo…que no me hiciste mujer… Sea Tu voluntad, Señor, D-os nuestro y D-os de nuestros padres, que nos habitúes a Tu Torá y nos ligues a Tus mandamientos(1)”. Oración que refleja la división a la que daba lugar el planteamiento que los judeocristianos estaban introduciendo en las comunidades gálatas. Distinción que no pretendía potenciar la diversidad que se da en el mundo, sino despreciarla, poniendo a unas personas por encima de otras dependiendo de algunas características personales, o incluso circunstanciales. Oración judía, pero oración que con unos pequeños cambios puede ser muy nuestra: “Bendito Eres Tú, Oh Dios nuestro Señor, Rey del Universo, que no me hiciste musulmán o ateo, esclavo o inmigrante, mujer, heterosexual, pobre, inculto, enfermo…Sea tu voluntad que pueda justificar con tu palabra mis intereses, y condenar los del resto”.

Pablo contraataca  duramente al afirmar: “Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús(2)”. Ante Cristo todos somos iguales, las diferencias se diluyen, nuestras características personales son irrelevantes, y nos encontramos los unos a los otros tal y como somos. Cuando esto no es así, es porque nos hemos alejado de Cristo. No se trata de anular lo que somos, de disolver nuestra personalidad en la nada, sino de supeditar a Cristo todo lo que somos. Unidad en Cristo frente a la división de la Ley. Encuentro del hermano y hermana en Cristo, frente a la autosuficiencia que se justifica en leyes humanas disfrazadas de divinidad.

Los cristianos gálatas habían llegado al cristianismo gracias a la predicación de Pablo, pero en este momento estaban a punto de aceptar el engaño judeocristiano. Muchos de ellos se disponían a ser circuncidados, y otros lo habían hecho ya. Habían aceptado que la cruz de Cristo no era suficiente, que debían añadir algo más a su fe. Habían empezado intentando agradar a Dios, pero ahora se disponían a seguir las condiciones que les imponía una falsa religiosidad. De ser personas liberadas por el mensaje de Jesús, habían pasado a ser verdaderos esclavos de la Ley. Mejor les hubiese ido no conocer a Cristo, piensa Pablo. Mejor le hubiese sido a más de uno de nosotros no conocer el mensaje de Cristo que se predica en algunas comunidades, así podríamos haber sido un poco más libres. Aunque lo preferible, es que cada uno tengamos la convicción que Pablo intenta transmitir a los gálatas, y que muchas comunidades actuales predican: “Y por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, el cual clama: «¡Abba, Padre!». Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si hijo, también heredero de Dios por medio de Cristo(3)”.

No hace falta nada más, reconocerse hijos, dejar de sentirse esclavo de absurdos planteamientos que no tienen nada que ver con uno mismo. Dejar de querer ser lo que no se es y ser agradecidos ante la herencia recibida gracias a Cristo. Él lo pone todo, nosotros sólo somos salvados por su sacrificio, no por los nuestros. La Ley es maldición de la que Cristo nos redimió(4). El Espíritu de Cristo nuestra guía hacía una libertad que produce frutos como “amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe,  mansedumbre, templanza(5)”. Los que han decidido vivir “bajo la carne”, es decir, los que creen que es necesario completar el sacrificio de Cristo con los suyos propios, exigen a los demás el cumplimiento de la Ley. Pero la única ley que debemos cumplir es la que Cristo nos enseñó y que Pablo nos recuerda: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo(6)”.

El apóstol rechaza la circuncisión como prueba de estar en el camino correcto: “De nada vale estar o no circuncidados; lo que sí vale es el haber sido creados de nuevo”.  Es esto en lo que vale la pena reflexionar, en si realmente somos parte o hacemos presente la nueva creación que Dios quiere para nuestro mundo. Algunos se jactan en sus perfecciones porque cumplen las normas y condiciones que quieren imponer al resto, pero Pablo termina su carta explicando como se manifiesta la nueva creación en él: “las cicatrices que llevo en el cuerpo demuestran que soy un siervo de Jesús(7)”.



Carlos Osma


 NOTAS:

(2) Gal 3,28
(3) 4,6-7.
(4) 3,13.
(5) 5,22
(6) 5,13.
(7) 6,17
















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