lunes, diciembre 19

Huyendo de José


Un ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo:-Levántate, toma al niño y a su madre y huye a Egipto. Quédate allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo-. José se levantó, tomó al niño y a su madre y salió de noche con ellos camino a Egipto1”.

El evangelio de Mateo describe como el temor de un hombre a perder su poder desencadenó la muerte de todos los niños menores de dos años que había en Belén. Una dura historia narrada justo en el lugar en el que el evangelio nos habla de la llegada de la salvación. No es difícil encontrar similitudes con otro pasaje bíblico escrito cientos de años antes; me refiero al enfrentamiento entre dos masculinidades poderosas, la de Yahvé y el Faraón de Egipto, que acabó con la victoria del primero cuando éste asesinó a todos los primogénitos egipcios para que los esclavos israelitas pudieran liberarse de la opresión a la que estaban sometidos.

A diferencia del evangelio de Lucas, el de Mateo sitúa a José como protagonista principal de la historia del nacimiento de Jesús, relegando a María a simple receptáculo que traerá al Hijo de Dios al mundo. Una mujer que no habla, que no da su conformidad para que su cuerpo sea puesto al servicio de Dios, sino que simplemente es un objeto pasivo movido de aquí para allá por los deseos masculinos de Dios, Herodes, pero también de José. Aunque esta historia sea una leyenda, creo que narra con verdadera precisión el mundo en el que se movían y se han movido las mujeres a lo largo de la historia.

Un ángel trae un mensaje divino para José: que coja lo que es suyo y huya a un lugar seguro si quiere conservarlo. Y José sigue el consejo y se marcha con su mujer y su bebé a Egipto. No hay ninguna pregunta para saber que quiere María, ella no cuenta en esta relación, su voluntad y su deseo están supeditados completamente a los de su marido. Algo muy distinto a como actuó Jonathan para salvar a David cuando su padre Saúl planeaba matarlo: “Ven conmigo. Salgamos al campo2”, le pidió, y allí tramaron un plan y “Jonathan hizo un pacto con David3.” O a cuando Noemí decidida a volver sola a Judá, para librar su vida y la de sus nueras de la pobreza y la mendicidad, le pidió a Rut que no la siguiera. Rut sí tuvo voz en su relación: “¡No me pidas que te deje y me separe de ti! Iré a donde tú vayas y viviré donde tú vivas4”.

El pasado sábado por la noche, cuando estaba a punto de subir al coche para volver a casa, se me acercó una chica bastante joven con un bebé en brazos. Llevaba un pañuelo de colores sobre la cabeza pero la cara descubierta, así que enseguida me pude dar cuenta de que alguien la había golpeado. No hablaba muy bien castellano, y estaba llorando, sin embargo entendí que me decía que su marido quería matar a su hija. Intenté llamar por teléfono a la policía pero los nervios no me permitieron recordar el número, así que le dije que me acompañara hasta una comisaria próxima. En ese momento se tiró al suelo detrás del coche para esconderse y me dijo que su marido estaba por allí cerca, estaba completamente aterrorizada. Como pude conseguí que se levantara con su bebé y entramos en un bar cercano donde llamé a la policía que vino en cinco minutos. Allí le explicó a uno de los agentes que su marido le había dado puñetazos en la cara y que quería matar a su hija. Rápidamente la policía, después de tomarme declaración, subió a esta joven y a su bebé en el coche y se las llevaron.

Hay veces que María no tiene que huir sólo de Herodes, sino también de José. En ocasiones Israel no es un lugar seguro, ni la Iglesia, ni la familia, ni tu pareja. Y por eso hay que huir a un lugar como Egipto, a un lugar extraño, que siempre hemos interpretado como opresivo, pero que hoy puede ser nuestra única salvación. La Organización Mundial de la Salud estima que una de cada tres mujeres en el mundo ha sufrido violencia física o sexual por parte de un hombre. Y que la mitad de las que han sido asesinadas, lo fueron a manos de sus maridos o compañeros sentimentales. En muchos países un tercio de las de adolescentes reconoce que su primera relación sexual fue forzada. Pueden parecer datos que no se corresponden con nuestra realidad, pero no es así, en la Unión Europea la mitad de las mujeres dicen haber sufrido acoso sexual en algún momento de su vida. Y gran parte de ese acoso, en un entorno familiar.

En Navidad cristianas y cristianos celebramos que Dios no utiliza el poder ni la fuerza para salvar al mundo, sino que se sitúa a nuestro lado y se hace una de nosotras, uno de nosotros. No es el poder masculino tradicional, sino el que muchas mujeres han ejercido durante siglos para sobrevivir. Ese que es interactivo, horizontal, incluyente, compartido... Ese que es más humano.

Quizás el ángel del Señor quiera aparecerse esta Navidad a todas aquellas mujeres que están en peligro para decirles que salgan huyendo. Que cojan a su hijo en brazos y corran, que no esperen a que quien debería amarlas y respetarlas acabe con su vida. Eso es lo que hizo la chica con la que me encontré el sábado pasado, decir basta a la opresión, a la violencia y al terror. No creo que para ella fuese fácil pedir ayuda a alguien que no había visto nunca, estar delante de varios policías a los que no entendía bien, o subir a un coche que le llevaría a un lugar desconocido. Pero quizás por amor a su hija tuvo la valentía suficiente para hacerlo, y eso puede haberles hecho salvar la vida.

Supongo que este año no celebrará la Navidad sentada en una mesa junto a su familia, pero es en actitudes como la suya donde la salvación se hace presente, donde se encarna la voluntad de un Dios que ama la vida, y que nos pide que huyamos cuando nosotros y nuestros seres más queridos estamos en peligro.


Carlos Osma



Notas:

1Mt 2,13-14
21 Sm 20,11
31 Sm 20,16.

4Rt 1,16

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